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Aunque la Iglesia siempre ha estado en tranquila y plena posesión de la verdad de la presencia real y sustancial de Cristo en la Eucaristía, hubo, durante la Edad Media fuertes intentos de negarla, como es el caso de Berengario de Tours en el siglo XI. Condenado por varios sínodos, Berengario de Tours, en 1079, compareció por fin ante el Sínodo de Roma, presidido por Gregorio VII, y confesó la verdadera fe de la Iglesia sobre la presencia real y sustancial de Cristo en el Misterio eucarístico (cf DH 700).

Y la afirmación del supuesto ontológico de la presencia real correspondió en 1215 al IV Concilio de Letrán, el cual acuñó el concepto de “transubstanciación” como el único que hace justicia a la explicación de la conversión del ser de las especies eucarísticas en el cuerpo y en la sangre del Señor. Dicho lacónicamente, el pan y el vino eucarísticos, en virtud de la oración consecratoria y de la proclamación de las palabras de Cristo en el relato de la Institución, sufren un cambio ontológico sustancial, esto es, de ser pan y vino pasan a ser el cuerpo y la sangre de Cristo.

La reivindicación a fondo de la presencia real y sustancial de Cristo en la Eucaristía suscitó un movimiento espiritual de devoción a este sacramento, como primer lugar teológico de la presencia del Señor, lo que fue, sin duda, un verdadero don del Espíritu a la Iglesia. En efecto, si el cristianismo es Cristo y si ser cristiano es encontrarse con Cristo para participar de su ser y vivir según la vida nueva cobrada en él, ¿dónde sino en la Eucaristía encontramos a Cristo real y sustancialmente presente, participamos de su misterio pascual y obtenemos la posibilidad real de vivir como hombres nuevos?.

Ello explica que, con la reivindicación paulatina de la presencia real y sustancial de Cristo en la Eucaristía a lo largo de los siglos XI, XII y XIII, los fieles fueran cambiando de mentalidad y, buscando a Cristo en este sacramento, comenzaran a confesarse más, a comulgar más, a adorar con mayor frecuencia a Jesús en el Sagrario y a pedir a la Iglesia se instituyese una nueva fiesta eucarística, además de la ya existente del Jueves Santo, dedicada muy en especial a contemplar, meditar y vivir el misterio de la presencia real y sustancial de Jesucristo en la Eucaristía. Todo este movimiento conduciría a la institución de la solemnidad de “Corpus Christi” en 1264 por el Papa Urbano IV en la conocida Bula “Transiturus de hoc mundo” (cf DH 846-847).

Pues bien, tres milagros eucarísticos de gran calado contribuyeron poderosamente a la consolidación de la conciencia cristiana de la presencia real y sustancial de Cristo en la Eucaristía, y a la institución por Urbano IV del Día de “Corpus”. Por orden cronológico son los siguientes: la visión eucarística de Santa Juliana de Lieja en 1208; el milagro obrado por Dios sobre las formas consagradas en el pueblo valenciano de Luchente, el año 1239, cuya reliquia se conserva en Daroca; y el milagro eucarístico de las sagradas formas, de idénticas características formales al nuestro, sucedido en Bolsena en 1263, un año antes de la institución pontificia de la solemnidad de “Corpus”.

La verdad de los tres milagros fue reconocida por la Iglesia.

Demos gracias a Dios por habernos dejado la presencia permanente de su Hijo Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar. Y pidamos a Dios inculque en nuestras almas el hambre de la Eucaristía, para que, comulgando el Cuerpo y la Sangre del Señor, seamos hechos partícipes del Amor y amemos a Dios y a los hermanos con el mismo amor con que Él nos ama.

Recordemos que hoy celebra la Iglesia el día Nacional de Caridad. Seamos generosos en nuestra ofrenda.

† Manuel Ureña,
Arzobispo de Zaragoza. 

 
   
   
   
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