La mañana despertó fría, aquel domingo. Aunque sabía por experiencia que luego tendría calor, que se sofocaría, cogió del armario una sudadera para abrigarse en esas primeras horas.
Llegó casi empunto, pero aún así no fue el primero en aparcar su coche en la desierta explanada. Con los ojos aún hinchados por el sueño y algún pacharán de mas la noche anterior, entro rápido, casi sin percatarse del saludo de Antonio.
- Vamos chico, que cara llevas hoy – comentó a modo de saludo mientras le palmeaba la espalda. Antonio, como su mujer Ana, eran unos madrugadores impenitentes, incapaces de estar un minuto mas de lo necesario arropados bajo el peso de las mantas.
- ¿Aún no ha llegado nadie? – Ya empezaba a tener calor - ¿nos sentamos?
Mientras se quitaba ya la sudadera, y tomaban asiento, fueron entrando mas, unos con mejor cara que otros, pero todos pensando en lo mismo.
En menos de un cuarto de hora, y con dos cigarros ya fumados, vino el camarero, este si, con cara de obligación, armado con libreta, boli y mucha prisa. - ¿A ver, que va a ser?- pronunciado con deje rápido y monótono.
Cada uno tenia una cosa en la cabeza, una predilección, aunque fuera aún temprano para tomar decisiones.
Paco, hombre grande donde los haya, tomo la palabra, ya que era el mas cercano – Yo voy a tomar un café con leche, por favor – la risotada, apenas contenida, sobrevoló la mesa – pero vamos a ver, Paco, hombre, con lo grande que eres, no me digas que no te apetece nada mas contundente – le dijo José Manuel, que apenas ocupaba la mitad que él.
- Yo quiero un par de huevos fritos con jamón pasado y sin patatas, “please” – aun así, con lo pequeño que era, José Manuel comía como una lima – que eso si que es un almuerzo...-
Ana seguidamente, pidió un té, que no tenía el estomago para nada mas fuerte. En otras ocasiones, junto con Eva y María se traían algo de repostería para compensar su falta de ganas de tomarse unos huevos fritos.
- ¿María?, ¿café con leche?, hoy he traído un par de “croasants” recién hechos - le preguntó Eva, la mas joven del grupo, tocando el codo de María, que se había enfrascado ya en una compleja conversación con Sara sobre el vestido que llevaba la fulanita tal en no se qué programa de televisión.
En el otro lado de la mesa, tanto Arturo como Ricardo pidieron un par de huevos fritos con longaniza el uno y con morcilla el otro, que aunque gemelos y casi idénticos, tenían gustos similares pero no iguales.
David, el último en sentarse a la mesa, y con cara y aspecto de seguir aun en la noche del sábado, quiso desayunar fuerte, un donuts y un cortado, para ir templando el cuerpo.
Le llegó el turno a él, y siguiendo su instinto, decidió tomarse un par de huevos fritos con chorizo y patatas fritas. Sabía que luego, quemaría el exceso de calorías, y además, un día es un día.....
El camarero, nervioso ya, con el rizo al viento y con la misma cara de obligación de domingo por la mañana y me toca trabajar, se quedó mirando la comanda, bizqueando un poco los ojos comento – pero, cómo puede ser que si estáis catorce, tengo catorce cosas diferentes....¿no os podéis poner de acuerdo?
Un silencio recorrió la sala, por lo temprano de la mañana, por la falta de cafeína o por el sueño acumulado, todos se quedaron mirándolo.
Precisamente fue Eva, la pequeña, la primera en reaccionar. – Sí – le dijo – nos hemos puesto de acuerdo en venir hoy a almorzar aquí. –
La sonrisa arranco en la comisura de los labios del camarero, y suavizando su aspecto de currante de domingo, acepto el implacable razonamiento. Pasados los momentos de tensión, la carcajada fue al unísono, despertando a los aun somnolientos comensales.
Tras tomarse ya el segundo café de postre, se sentía mas despierto y le vinieron las prisas. – Vamos chicos, que llegamos tarde.
Al momento, salieron, y lo que antes era un explanada desierta, ahora se había convertido en un hervidero de gente. Grandes, pequeños, chicas, chicos, todos, esperando para comenzar el ensayo.
El calor amenazaba ya, y en un momento dado, cuando ya llevaban un buen rato ensayando, se le acercó un joven, nuevo de ese año, de el que no recordaba su nombre – perdona, ¿tenéis ya lista la formación? – preguntó con aire inocente.
- No, todavía no la hemos preparado, ¿por qué lo preguntas?¿quieres ir en algún sitio en especial?
- Que va, a mi me da igual donde me pongas, te lo preguntaba para advertírselo a mi madre, que como dice que vamos todos igual, no me reconocerá en la procesión -
Al rato, mientras tocaba una y otra vez la misma marcha, su subconsciente relacionó los dos hechos acaecidos esa misma mañana. Por un lado cada uno es diferente, cada uno piensa lo que quiere, cada uno tiene sus preferencias, pero hay algo que los unía, el almuerzo, las ganas de pasar un rato juntos, independientemente del menú. Por otro lado estaba el carácter anónimo de lo que representaba salir de procesión, que ni tan siquiera los mas cercanos no reconocen ,se acaba el individualismo, somos todos uno, somos en ese momento Cofradía. Le gusto aquel paralelismo, aquella simple complejidad, la diferencias que nos hacen ser nosotros mismos en un entramado mas complejo, mas impersonal.
Concluyó que la Cofradía es eso, la suma de todas esas individualidades, de todas esas personalidades, de todos esos caracteres, de todos esos cofrades, porque había algo que los unía, los aglutinaba los guiaba.
Ese algo era Él, Jesús, Cristo, era el reto individual a seguir, el ejemplo para la colectividad.
Consideró que eso es lo que nunca tenia que olvidar, las diferencias nos unen, nos hacen mas fuertes.
Como ya preveía, al término del ensayo, el efecto del calor causo estragos, veía caras desencajadas de cansancio, de sueño algunos y de sed otros. Pero veía muchas caras, muchas inquietudes, muchas personalidades unidas entorno a una sola idea, ........¡¡¡ terminar de una vez con el redoble !!!!!
Elena Martinez y Jorge Segura. Delegados de la Sección de Instrumentos.