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Como casi todos los días, me levanto, me aseo y desayuno, todo un tanto deprisa. El reloj avanza inexorablemente. Salgo con el coche para llevar a mi hijo al colegio. Hoy hace mucho frío y la sensación térmica es muy desagradable. Por el camino escucho la emisora de radio de todos los días, con noticias sobre la globalización, el terrorismo, el estatuto de Cataluña, algún caso de violencia de genero, el atentado en alguna parte del mundo.

Parece que todo el mundo tiene prisa. Dejo a mi hijo en el colegio. A continuación voy al despacho, tengo un montón de temas pendientes, leo el correo electrónico, raramente entra algún correo interesante, el resto son todo temas rutinarios sin importancia que resuelvo rápidamente, ojeo la agenda, preparo la documentación para la próxima reunión, atiendo unas largas llamadas telefónicas para no decir ni escuchar nada importante, llega la ansiada pausa del café, converso con algún conocido de temas intrascendentes, mi mente se evade mientras me preguntan si vi el programa de la 5, contesto que no, y así va pasando un día cualquiera de marzo...

Al final del día, encuentro un momento que no tengo nada que hacer, estoy cansado, una serie de pensamientos se cruzan por mi cabeza: me acuerdo de ese amigo al que la salud le esta dando una mala pasada, de otros que se preocupan por cosas que todavía no han ocurrido, conocidos que pueden estar horas y horas manteniendo una conversación que a mí me parece totalmente absurda y que no tiene ningún sentido, admito que cada uno es como es, y como tal los respeto sin juzgarlos (o lo intento), sigo profundizando en mis pensamientos, valoro muy positivamente el estar solo conmigo mismo, sin hacer nada.

El viento sigue soplando con fuerza, lo escucho a través del ventanal, la noche esta muy fría. Desde el calor del hogar, junto a mi familia, pero sin hablar con ellos, sigo sin hacer nada, o quizás estoy haciendo lo más importante en la vida de una persona: me estoy oyendo a mí mismo. Y en todos esos pensamientos veo mis miedos, mis ilusiones, mis mentiras, mis verdades, mi caminar junto a las personas con las que me cruzo, recuerdo esa frase tan utilizada de “la caridad empieza por uno mismo”.

Muchas veces he intentado buscar el significado. Imagino que para cada persona tiene un significado diferente, aunque posiblemente sea muy parecido para todos. Desearía tener más capacidad de encontrarme conmigo mismo y reflexionar sobre mis sentimientos, y de este modo, aprender a crecer más como persona, porque pienso que sólo cuando realmente estamos bien con nosotros mismos somos capaces de darnos realmente a los demás.

Hace pocos días tuve la oportunidad de visitar el Monasterio de la Oliva. Es uno de los más destacados conjuntos arquitectónicos de la Edad Media de nuestra vecina Navarra. Fue fundado en 1149 por monjes franceses. En la actualidad viven 26 monjes de la orden cisterciense, que reparten su día entre el trabajo, la oración y el estudio. Vestidos con túnicas blancas se les puede ver paseando, reflexionando y orando por el claustro del monasterio. Al visitar el monasterio tuve una sensación de paz y tranquilidad que por un momento me hizo sentir una cierta envidia, envidia del silencio, envidia de la posibilidad de estar haciendo vida monástica, contemplativa, buscando una armonía en lo más profundo de mi alma.

Durante esta cuaresma, al igual que los monjes del monasterio, voy a buscar mi pequeño monasterio particular, espacio de reflexión, meditación y oración, donde poder encontrarme con Cristo Jesús, donde poder acercarme a su pasión, muerte y resurrección. ¿Cómo se confronta mi vida con la cruz de Cristo? La abrazo con generosidad y con amor o la rehuyo sin entregarme a ella. ¿Cómo vivo la caridad con mis hermanos? Atiendo en la medida de lo posible sus necesidades o simplemente voy a lo mío sin preocuparme por los demás. ¿Dónde encuentro hoy en día el sufrimiento de la cruz de Cristo? Lo puedo encontrar en tantos hermanos que necesitan sangre en un hospital cualquiera, en los transeúntes que pernoctan en el Refugio, en los ancianos de escasos recursos que están en las residencias como la del Patronato Goya, en los hermanos que tienen problemas de integración, soledad, económicos, afectivos, en los niños de tantos y tantos países del tercer mundo, como en la India que gracias al apadrinamiento ven al fin la caridad que les llega desde muy lejos, pero desde la cercanía del que sigue a Cristo.

Podría seguir enumerando multitud de circunstancias en las que podemos ver el dolor de la cruz. Sólo si somos capaces de crecer en el Amor Fraterno, podremos Socorrer a nuestros hermanos, entendiendo que “el amor se da libremente: si no hay libertad no habrá amor, habrá necesidad o chantaje, pero no Amor”.

La cuaresma es tiempo de reflexión, oración, reconciliación, tiempo de progreso espiritual y está marcado por el trabajo y el esfuerzo. Todo sacrificio nos resulta áspero, duro, pero en definitiva sólo practicando y ejercitando la caridad del amor de Dios, podremos caminar día a día al encuentro con nuestros hermanos.

Hoy se acaba el día y no sé si he conseguido acercarme un poco más al Amor de Dios. Mañana será otro día cualquiera de marzo, y tendré una nueva oportunidad de seguir abrazando la cruz de Cristo.

 
“En esto hemos conocido la caridad,

en que Él dio la vida por nosotros,

también nosotros debemos dar la vida

por los hermanos.”

           (1 Jn 3,16)

 

Ignacio Torrubia
Bolsa de Caridad

 
   
   
   
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