El año pasado me incorporé a la Cofradía. Desde pequeño he tenido la ilusión de tocar el tambor, fue el año pasado cuando con la visita de unos cofrades de la Eucaristía al colegio donde estudio, tuve la oportunidad de hacer realidad mi sueño.
Fue una experiencia inolvidable: los ensayos en las noches para aprenderme las “marchas”, repitiéndolas una y otra vez, hasta que todo quedara perfecto. Al final, cuando salimos de procesión, el éxito. La recompensa a tantos esfuerzos y días de ensayos.
Cuando por fin llega el gran día, como si fuera una puesta de largo, aparecen los nervios de la primera vez. Te invade la incertidumbre de si saldrá bien o mal, de si tendrás algún fallo o de si no estarás a la altura de los demás hermanos, nuevos y veteranos.
Pero todo salió bien. Merecieron la pena todos los días de ensayos, esfuerzos y nervios.
Ahora veo a los nuevos de este año y me veo reflejado en ellos. Sé que estarán sintiendo lo mismo que yo sentí el año pasado.