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Todavía recuerdo el agua resbalando, el granizo golpeando, el peso de la capa mojada. Y, lo peor, la pena al ver el Paso bajo esa misma agua, ese mismo granizo.

Había sido un año de mucho trabajo, decapando toda la canastilla para volver a barnizarla y que quedara impecable, para que se pudieran ver todas sus tallas, para que luciera el Paso sus mejores galas. Y, en unos minutos, había quedado todo lleno de agua. Recuerdo el Paso, en la calle Alfonso, en medio de una riera inmensa de agua, en un momento de sombrío humor, al verlo en medio de las aguas, entendí porque a los Pasos de grandes dimensiones les llaman barcos. Vi como se desviaba del centro de la calle y se torcía irremediablemente hacia un lado, hacia una de las farolas; sólo, en el último momento, lograron enderezarlo.

Luego fue peor. El interior de San Cayetano era un inmenso charco. El Paso quedó, según se entra, a la derecha y en la columna del templo que quedaba a su lado se formó un montón de túnicas blancas y capas amarillas, rodeado de tambores en medio del agua que escurría por todos los sitios.

Cada uno de los mil y pico claveles que adornaban el Paso eran como una esponja hinchada de agua, dispuesta, en cualquier momento, a liberar su preciosa carga. El agua corría por todos los sitios. ¿Dónde podíamos dejar los respiraderos para que se secaran? A los cinco minutos de dejarlos en el suelo, a su alrededor, habían formado un nuevo charco. ¿Dónde había un paño seco, con el que poder secar nada?

Todo fue una locura de buenas intenciones, en la que se hizo lo que buenamente se pudo. Se desmontó todo, se secó todo y todo se quedó mojado.

Luego vino lo más duro, evaluar daños, buscar soluciones, pedir presupuestos... ¡y qué presupuestos! Finalmente, nos decidimos a lanzarnos como Cofradía a la aventura de arreglarlo todo en unos meses. Pero han sido unos meses muy duros, de mirar y volver a mirar el Paso, las túnicas, los faldones, las imágenes; llenos de dudas y... todavía no tenemos terminado casi nada.

Faltan cincuenta días para Jueves Santo. Me dicen que la imagen del Señor de la Cena estará terminada la semana que viene... que la mantolina esta terminada, que los faldones casi, que los respiraderos avanzan, que el Guión de la Virgen del Perpetuo Socorro no estará.

En medio de toda esta vorágine ¿alguien ha caído en la cuenta de que esta Semana Santa la Cofradía cumplirá sesenta años?

Serán sesenta años con Zaragoza y su Semana Santa, una fecha que no habíamos pensado en celebrar ni en teníamos en cuenta de ninguna manera especial, pero que una tormenta inmisericorde se encargó de que vayamos a celebrar con un Paso de la Santa Cena “casi” nuevo.

Fue el azar o que alguien quiso que celebráramos este nuevo aniversario. No lo sé.

Si sé que quiero pediros un esfuerzo para olvidar los temores y las dudas del último Viernes Santo. Para remontar las tensiones y los nervios de este año. Para hacer un último esfuerzo, terminar todas las reparaciones y montar nuestro Paso de nuevo.

Quiero pediros ilusión para celebrar esta sexagésima Semana Santa como si fuera la primera. Para pensar que, si no pensábamos celebrarla, porque ni habíamos caído en la particularidad de la fecha, alguien nos ha echado un mano para recordárnosla y que la celebremos. ¡Esperemos que también nos la eche para que todo vaya bien, podamos terminar todo y pagarlo!

Salgamos con gozo, con ilusión a proclamar por sexagésimo año, a Jesús Sacramentado, el misterio de la Santa Cena en la que partió el pan y el vino y nos dejó su mandato del amor.

 Enrique Martínez.

 
   
   
   
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