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Muy queridos hijos:

Desde el día 2 de abril, fecha en la que la Sede Apostólica hizo público mi nombramiento de Arzobispo de Zaragoza, os tengo a todos muy especialmente presentes en la Santa Misa, en la celebración de la Liturgia de las Horas y en la oración privada.

No soy natural de Aragón, sino de la vecina región de Valencia, tan unida a Aragón por la geografía y por la historia. Tampoco conozco bien vuestra tierra, aunque muchas veces he visitado Zaragoza para acudir a rezar a la Catedral-Basílica de la Virgen del Pilar, en donde la Madre de Dios, «venida en carne mortal», visitó al Apóstol Santiago, el año 40 de nuestra era, y se quedó con vosotros para siempre.

Pero, aunque no he nacido en Aragón ni he convivido todavía con este nobilísimo y recio Pueblo, conozco vuestras profundas raíces cristianas y sé de vuestra fe viva en el Dios de Jesucristo, el único Dios verdadero.

Tened la certeza de que os amo con todo mi corazón y os llevo ya en mis entrañas. Por eso, aun con sentimientos contrapuestos por tener que dejar mi bienamada diócesis de Cartagena, que he presidido en el amor durante siete años, he anhelado estos últimos meses se cumpliera ya el 19 de junio, este día de gracia en que, por fin, estoy ya con vosotros y me quedo con vosotros.

Mi corazón de Pastor, que se afana día tras día por configurarse cada vez más con el corazón del buen Pastor, Cristo, no persigue otra cosa sino contribuir a crecer en vosotros la experiencia del redentor de los hombres. Vengo, pues, a Zaragoza con los mismos sentimientos del Señor, quien aprendió sufriendo a obedecer y no vino a ser servido, sino a servir y a entregar su vida por nosotros y por nuestra salvación.

Y lo hago, no confiado en mis propias fuerzas, que son humanas y muy débiles, sino poniendo mi confianza en el Señor y en la ayuda de su Madre, la Virgen del Pilar, nuestra Patrona. Bajo su intercesión y su amparo, remo mar adentro y echo las redes, bien convencido de que sólo así se obrará la pesca milagrosa.

Desde la ley de la Encarnación del Verbo y deseando seguir el ejemplo de Pablo, el Apóstol de los Gentiles, hago míos ya desde hoy vuestros dolores y vuestros gozos, vuestras angustias y vuestras esperanzas, plenamente dispuesto a hacerme todo con todos y a llegar a ser con vosotros como un solo corazón y como una sola alma. Nada que pertenezca a vuestra dignidad de hombres y de cristianos será ajeno a mi espíritu. Pues en el ganaros para Cristo, hombre nuevo y perfecto, está en juego mi salvación.

Dirijo un saludo muy cordial a D. Elias Yanes, nuestro Arzobispo emérito y actual Administrador Apostólico, que tan exquisitamente os ha venido adentrando en el camino de Cristo durante 28 años. Con verdadero amor de padre el Sr. Arzobispo de Zaragoza ha salido a mi encuentro y me ha abierto los brazos. ¡Gracias D. Elías!

Con D. Elías, saludo también a los Obispos sufragáneos de nuestra Archidiócesis Metropolitana, Sus Excelencias Rvdmas., Mons. Alfonso Milián, Obispo de Barbastro-Monzón, Mons. Jesús Sanz, Obispo de Huesca y Jaca, Mons. José Manuel Lorca, Obispo de Teruel y de Albarracín y Mons. Demetrio Fernández, Obispo de Tarazona. Mi solicitud pastoral por estas Iglesias no deriva sólo del afecto colegial trascendental o comunión intrínseca de los obispos con la cabeza y con los miembros del Colegio episcopal, sino también del afecto colegial específico derivado de los vínculos concretos existentes entre el Obispo de una Iglesia particular «madre» y los obispos de unas iglesias particulares «hijas». Por eso, quiero comportarme respecto de estas iglesias y respecto de sus pastores como lo que soy y debo de ser según la eclesiología más pura y según el Derecho: un padre fiel y solícito.

Saludo cálidamente al presbiterio de la Archidiócesis, cuyos miembros, hijos y hermanos, «próvidos colaboradores» y amigos míos, son como la prolongación de mi voz, de mis manos ungidas y de mi báculo de pastor.

Dirijo también mi más ferviente saludo a los Institutos de vida consagrada, religiosos y seculares, y a las Sociedades de vida apostólica. Desde los dones y carismas recibidos del Espíritu, santifican sus vidas y contribuyen poderosamente a la construcción del Cuerpo de Cristo.

No menor eco encuentran en mi corazón los seglares. Ellos se santifican por medio de la purificación y regeneración de las realidades temporales, con las que su existencia está como entretejida.

Reciban mi saludo los movimientos de Acción Católica, los Cursillos de Cristiandad, los nuevos movimientos espirituales y apostólicos, las asociaciones sacerdotales y las asociaciones públicas y privadas de fieles.

Y un saludo a los miembros de la Prelatura Personal del «Opus Dei», cuyo fundador San José-María Escrivá de Balaguer, es una gloria de la Iglesia y del pueblo de Aragón.

Con el mayor respeto y con la mano tendida, saludo a las autoridades autonómicas y municipales, judiciales, universitarias y militares de Aragón, puestas por Dios al servicio de la prosecución del bien común.

Y saludo, finalmente, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que peregrinan en Zaragoza hacia la Casa del Padre, muchas veces por caminos que sólo el Espíritu conoce, pero que no son ajenos a la acción de Jesucristo y de su esposa, la Iglesia.

A todos os imparto mi bendición de Pastor.

 

«Testis Spei Christi»

El escudo contiene la figura del Buen Pastor (a la izquierda), el Espíritu Santo sobre las Escrituras con el anagrama de María (a la derecha) y los símbolos de la: Eucaristía (abajo, en el centro del escudo). Estos elementos simbólicos pretenden ser el resumen de sus aspiraciones e intenciones a lo largo de su ejercicio. Su lema episcopal en latín es «Testis Spei Christi», es decir, «Testigo de la Esperanza de Cristo»

 
   
   
   
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