En
ese lugar donde crecen los sueños, donde las almas reposan en
tranquilos recuerdos, a veces se anuncian traspasando el cielo,
noticias grandiosas y divinas que vienen del amor profundo de un
sueño eterno.
El
amor de Dios, en estos momentos, nos habla casi en silencio, en una
noche oscura y un resplandeciente cielo, donde habita la estrella que
vieron los pastores y los niños dormidos entre la paja del establo
añejo. No había lugar para la vida, les decían en el frío de la
noche, en cada puerta cerrada de la villa, en cada casona marchita,
en cada posada olvidada en todos los lamentos huecos de la nada.
Y
desesperaba José, y en la tripita de la madre, temblaba el niño de
Dios, el varón, el Mesías que los siglos esperan. Y pasaba la noche
su cántico de estrellas por las almas cerradas y por las cancelas
abiertas. Un corazón de mentiras, traspasaba todas las reyertas de
los hombres y se oían los últimos lamentos en Belén, aquella villa
donde el mundo esperaba al Mesías.
Y
como si la vida tuviera su propia existencia, después de las duras
tinieblas apareció una mujer y les dio cobijo en su hacienda. Mujer
valerosa y sincera que no desconfió de la oferta de tres pobretones
con burro, en una noche incierta.
Se
apearon los tres, y entre las pajas de un viejo establo se colocó la
madre esperando la espera, la de tantos siglos despistados en la
cabeza. Dios vino al mundo y el mundo ni se dio cuenta. Solo unos
pocos pastores y unos reyes con aroma a incienso, oro, mirra y
huellas. La Estrella les guió firmes en su recorrido y prestaron su
voz a todos los que esperan.