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Ha sido un fin de semana largo e intenso que me ha traído a la memoria recuerdos casi olvidados de años pasados. De tiempos en los que, con mucho esfuerzo y trabajo, ya pensábamos en nuestro Paso de la Santa Cena y soñábamos con él.

Este fin de semana me ha venido a la memoria una mañana de final de cuaresma, estábamos celebrando nuestro cincuenta aniversario. Llevábamos dos años trabajando, realizando arreglos y reformas en el Paso de la Santa Cena. Por fin lo traíamos a la Iglesia para terminar los preparativos y adornarlo de cara a ese especial Jueves Santo. Era la primera vez que cruzaba las puertas del templo; iba a ser la primera vez que, en cincuenta años, nuestro Paso no nos esperara en la calle para comenzar nuestra procesión. Con trabajo, con mucho trabajo, habíamos conseguido estrechar el Paso dieciocho centímetros para que cupiera y pudiera cruzar las puertas.
 
Recuerdo la ansiedad de la espera, la emoción de todos, alguna lágrima derramada a escondidas en un banco, las palabras de Jesús Bellé -uno de nuestro fundadores- apenas podía decir, ya que la emoción del momento no le dejaba más: “la primera vez”.

Este año, también bajábamos ansiosos, emocionados por verlo. La gran pregunta con la que viajábamos todos era: ¿Cómo habrá quedado? No encontrábamos el momento para tocarlo, recorrer con la mano sus antiguas maderas y ahora, también, las nuevas.

Queríamos verlo, pero sobre todo queríamos poder comenzar a soñar de una forma concreta con el próximo Jueves Santo en el que por primera vez, nuestro Paso de la Santa Cena, cruce las puertas del Perpetuo Socorro andando, ante nuestros ojos hipnotizados por el ritmo cadencioso de los costaleros, para descubrirnos, lentamente, el misterio de la Santa Cena de Jesús con sus discípulos llamándonos a su mesa a compartir el pan y el vino.

Al final, vimos el Paso en el taller. Nos estaba esperando montado, con los respiraderos, maniguetas y faldones.

Lo mirábamos y no nos creíamos lo que veíamos. Rodeados de maderas, piezas a medio tallar, un Paso en construcción, un inmenso altar de estilo barroco a medio hacer para un cofradía sevillana y, todo ello, inmerso en un intenso olor a madera recién cortada, ambientaba perfectamente las palabras de don Manuel Guzmán, con las que nos fue presentado su trabajo.

Se veía magnífico. Inmenso. Casi con miedo quise levantar los faldones del Paso para acercarme a sus bodegas. Instintivamente busqué mi esquina, mi pequeño rincón, esa pata que se me hizo lejana, muy lejana en ese momento, en medio de ese inmenso espacio para cuarenta y cinco costaleros. Finalmente cayó el faldón pesadamente de mis manos y comencé a recorrer con la vista las nuevas maniguetas talladas luciendo en el respiradero. Vi a don Manuel Guzmán hablar con Pepe Lara, explicándole su trabajo, cómo cuidarlo. Y a Javier Barco subido en una escalera mirando la plataforma en la que tenemos que alojar a los apóstoles, la imagen de Jesús, la mesa,...

Quedamos al día siguiente para seguir el trabajo. Había que subir el Paso a la plataforma y envolverlo todo para traerlo a Zaragoza. Es mañana quedamos sobre la una del medio día en el taller. Los nervios nos ganaron la partida y llegamos un buen rato antes. Poco a poco comenzaron a llegar grupos de jóvenes fuertes, generosos. Comenzaron a charlar, a reír, hasta que uno de ellos les gritó.: “ea, al trabajo.”

Poco a poco sacaron fajas, costales y, entre risas y voces, se fueron preparando la ropa. Formaban para de una de las cuadrillas de costaleros de la Hermandad del Museo. Habían ido con su capataz y su Hermano Mayor al frente.

Entraron en el Paso. Lo levantaron y comenzó a andar. Siguiendo las órdenes de su capataz giró, lentamente, a la izquierda, y encaró la puerta del taller donde esperaba la plataforma.

Yo estaba detrás de la plataforma, en la calle, mirando desde el exterior, viendo andar el Paso de la Santa Cena, viéndolo salir por la puerta. Con esfuerzo, con cuidado, subió la rampa hasta llegar al final de la plataforma. Luego quitaron los zancos y suavemente lo posaron en tierra, quedando de rodillas con el Paso suspendido de sus costales. Eran tantas cosas que, en ese momento, me costaba pensar en este grupo de jóvenes que había decidido regalarnos un rato de su mañana del sábado para trasladarnos el Paso. La Semana Santa avanza con tantos generosos regalos que, en ocasiones, cuesta acordarnos de todos los que nos ayudan, gracias por esos momentos, gracias por trasladar el Paso de la Santa Cena, gracias por permitirme verlo andar y salir por la puerta en una fresca mañana, casi de invierno.

Se me agolpaban las emociones. Creo que nos pasaba a todos. Había visto salir la Cena andando, algo que no podré hacer el Jueves Santo, porque estaré ahí abajo, escondido entre sus trabajaderas.

Este año las cruzará, también por primera vez, pero andando. Este año nos hipnotizará con su movimiento. Este año nos gritará, más fuerte que nunca su mensaje, para que suene más alto, para que resuene en toda la Ciudad.

Finalmente lo tapamos todo. Lo envolvimos y lo preparamos para iniciar un nuevo traslado, hasta Zaragoza, hasta el Jueves Santo.

Al día siguiente amanecimos muy temprano. El Paso salió de Sevilla a las 8,30 de la mañana, para llegar muy tarde a Zaragoza, a la 1,40 de la noche,... Pero eso, ya es otra historia.

 
   
   
   
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