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Hace algún tiempo –unos diez años- estuve hablando con el escultor don Francisco Rallo, en su taller de la calle Madre Sacramento. Inevitablemente terminamos hablando de la escultura religiosa, y me contó una anécdota, llena de profundidad y de reflexión sobre la escultura religiosa, que en cierto modo ha marcado mi pensamiento.

- La escultura religiosa es más difícil que la civil -me dijo-. Además de la dificultad que supone conseguir un buen trabajo en cualquier obra, en la religiosa, es necesario penetrar en la espiritualidad de la obra que estás intentando ejecutar.

- Claro -le respondí- la imagen de un Cristo, de un Santo, no es para colgarla en un museo, es para una Iglesia, para un culto.

- Y, para algo más -insistió-. No solo tiene que captar la espiritualidad de su protagonista, sino que se la tiene que transmitir al cristiano que se arrodilla ante él. Aquí está la auténtica dificultad.
 
Se paró un momento. Estaba pensando como explicarme lo que quería decir. Se volvió hacia un modelo en barro de una monja – creo recordar que se trataba de la madre Genoveva Torres, fundadora de la Angélicas- y dijo:
 
Hace algún tiempo hice esta imagen, es la fundadora de un convento de monjas. Me llevó mucho tiempo y trabajo, había visto sus fotos, leído sus cartas, intenté captar todo su espíritu y transmitirlo. Finalmente la fundí en bronce, casi dos metros de altura, y se puso en el centro del jardín del convento. Estaba mirando, con orgullo, mi obra cuando vi pasar a una anciana madre. Le pregunte:

- ¿Le gusta?

- Aun no lo sé -me contestó-.

La respuesta me dejó perplejo ¿Cómo que no lo sabía? Le gustaba o no le gustaba. Le transmití mi extrañeza, le pregunté porque no lo sabía todavía.

- Muy sencillo -me contestó-. Todavía no sé si funciona.

Si se había propuesto desconcertarme -me dijo el escultor- lo había conseguido. ¿Qué es lo que tenía que funcionar en una escultura de bronce?

Creo que vio mi mirada de extrañeza y dijo la monjita:

- Muy sencillo; si sirve para rezar: funciona. Si no sirve para rezar: no funciona.

 

Esta es la auténtica dificultad de la escultura religiosa: tiene que funcionar, tiene que servir para rezar, para promover la piedad de quién la contempla. Si mueven al rezo, a la piedad, son buenas, sino no.

La anterior conversación con don Francisco Rallo esta publicada en el Boletín El Cenáculo, correspondiente a la Navidad de 1998..

 
   
   
   
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