Disfrutamos el Domingo de Ramos y el Día de Resurrección. ¡Son días de celebración y triunfo! ¡Debemos regocijarnos sin duda!
Sin embargo, es demasiado fácil enfocarnos solo en estos puntos altos sin caminar con Jesús por la oscuridad de Viernes Santo, un peregrinaje que comienza el Miércoles de Ceniza. La Cuaresma es una manera de confesar nuestra insuficiencia ante Dios, viniendo a él en cenizas y en polvo. Sencillamente, es una manera de juntarnos con Cristo en su camino a la Cruz.
Quizás durante la época de Cuaresma, debemos venir ante Dios con una humildad nueva, dispuestos a confesar, "Señor, ten misericordia de mí, un pecador." Tal vez debemos acompañar a Cristo en su viaje a la Cruz. Quizás por tal camino y tal sacrificio entenderemos mejor lo que significan Viernes Santo y el Día de Resurrección. Tal vez llegaremos a ser más como Él en estos días.
A Ti corriendo voy, brazos sagrados, en la cruz sacrosanta descubiertos, que para recibirme estáis abiertos, y para no castigarme estáis clavados. A Ti, divinos ojos eclipsados, de tanta sangre y lágrimas cubiertos, que para perdonarme estáis despiertos y para no confundirme estáis cerrados. A Ti, clavados pies para no huirme; a Ti, cabeza baja, por llamarme; a Ti, sangre vertida para ungirme; a Ti, costado abierto quiero unirme;
"Es necesario que el Hijo del Hombre padezca… y sea desechado… y que sea muerto… Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame…" (Lucas 9:22-23).