En segundo lugar, nos expresa su cúmulo de sensaciones y emociones vividas Enrique Martínez, costalero del Paso del Cristo del Amor Fraterno, partícipe como portador de la peana del Cristo de la Cama, quién ha vivido de principio a fin todos los preparativos, así como la procesión en sí misma.
No, sin antes, agradecer enormemente, vuelvo a repetir, la colaboración del resto de hermanos portadores de las distintas cofradías, así como el sentimiento puesto en cada segundo que ha envuelto tan magno acto. Todo un ejemplo de convivencia, de fraternidad y de sentir cofrade. Gracias, también, a Luis, Alfonso y Santos, hermanos que también estuvieron presentes en este acontecimiento.
Era domingo por la tarde. Estaba sentado en el sofá. Sonaba “Cantemos al Amor de los Amores” en versión Cigarreras y desde la mesa subía una columna de humo de incienso blanco retorciéndose en caprichosos rizos espirales.
Mi imaginación volaba perdida deslizándose por las etéreas columnas serpenteantes de incienso. Recordaba la salida procesional de la noche anterior, con el Cristo de la Cama por la plaza Santa Marta y bajando por Dormer, con la torre de la Seo como testigo mudo, al igual que hizo doscientos años atrás.
Las paredes silenciosas de los caserones presenciaban el cortejo. El mismo Cristo atravesaba la calle camino de la Catedral. Lo seguían llevando manos anónimas, las mismas manos, otras manos, que más da.
Recordaba que luego continuamos el camino hacia el Pilar siguiendo la consigna de Palafox, a la casa de todos los zaragozanos, junto a su madre. El Pilar, columna de Zaragoza, reencuentro de la Madre con su Hijo muerto, con tantos hijos muertos a lo largo de los sucesivos siglos de esta ciudad.
Y, entre las columnas de humo blanco del incienso, me recordaba mezclado con el olor a pólvora quemada de hace doscientos años, aportando mis manos para llevar a Cristo muerto en este traslado hacia la casa de su Madre. Mis manos seguían temblando al recordar la llegada a la casa y depositarlo a sus pies. Sentía en mi corazón clavarse los ojos de María, desde lo alto de su columna, en la que me he apoyado tantas veces. Primero bajó los ojos para mirar a su hijo muerto: Después subieron para mirarme y preguntar: ¿Por qué?
- Madre. ¡Lo siento! ¡Perdóname! No soy más que unas pobres manos que lo han traído formando parte de este fúnebre cortejo. Mi único pecado es ser parte de esta sociedad absurda, que mata mirando a otro lado, que se olvida fácilmente de las palabras de amor y perdón de tu Hijo.
Se me perdían los ojos enredados en las columnas de incienso con los recuerdos de la víspera. Las suaves cornetas me taladraban, insistentemente, con su grito llamando al Amor de los Amores. Yo me preguntaba, lentamente, por qué estuve ahí. ¿Por qué tuve que ayudar a llevar al Hijo muerto? ¿Por qué formo parte de esta sociedad que mata el amor todos los días con montañas de olvido?
Cerré los ojos por unos momentos. No podía ver mas cosas, había demasiadas imágenes revoloteando a mi alrededor. Me vi nuevamente en la plaza Santa Marta. Era más tarde, la noche estaba avanzada y reinaba la luna llena. Estaban las mismas caras mirando, los mismos edificios silenciosos. Seguían sonando las cornetas, ahora al son de Bendición. Yo levantaba lentamente al amor, al Cristo del Amor, sujetando con las manos la pata del paso para que no temblara.
Me asaltaron las mismas preguntas que unos momentos antes, cuando tenía los ojos abiertos y recordaba la noche anterior, cualquier noche.
Se me ocurrió una primera respuesta. Una respuesta fácil, para salir del paso. Quizá debería decir para salir con el Paso. Quiero levantar este Cristo del Amor para que todos lo vean. Para que vean el Amor de Dios, para que olviden el odio de los hombres, para que sientan el calor de la Eucaristía, la fuerza de la vida que transmite, para que sepan que todos somos hermanos.
Miro nuevamente las paredes de estos caserones, bajo la torre de La Seo y pienso que hemos levantado tantas veces a Cristo, en este lugar, que el eco de su voz tenía que retumbar atronador entre los muros. Pero seguimos caminando mirando a otro lado sin escuchar su voz.
Busco lentamente en mi memoria otra imagen que aparte las sombras de esta noche. Que aporte algo de luz en medio de tanto humo de incienso y pólvora quemada. Me duele en el alma la mirada tierna de la madre al mirar el hijo muerto a sus pies.
Poco a poco, de la noche de los tiempos emerge una dura estampa en los recuerdos de mi mente. En lo alto, a caballo, un romano con gesto duro, casi cruel. Con una mano sujeta las riendas del caballo, como si dominara con él todo el mundo. Con la otra mano señala, inexorablemente, sin piedad, hacia delante. Debajo, caído en el suelo, Cristo. En su cara una mueca de dolor, de sufrimiento; más por ver el rostro sin pasión del mundo en el romano que por el propio dolor. Sobre la espalda de Cristo la Cruz, que pesa como todo el mundo aplastándole contra el suelo, ahogando sus palabras de consuelo, de amor, de misericordia,... Detrás el Cirineo, intentando sujetar la Cruz para que no aplaste a Cristo, intentando ayudarle en su camino. O siguiendo su mismo camino.
El Cirineo, no entiende nada pero mira con compasión a este Jesús en su camino de la Cruz. Ayudó a Cristo en el camino, intentó que no cayeran aplastadas en el olvido sus palabras de amor.
Así me sentí yo, como el Crineo, ayudando a levantar, una vez mas, el madero de Cristo. Ayudando a mostrar una vez más a este Cristo de Amor, aupándole para gritar, otra vez, a los cuatro vientos, en su caminar por Zaragoza, sus palabras de amor para que no se ahoguen en el olvido.
La sociedad es dura, cruel como el romano, pero hay que seguir caminando. Hay que seguir levantando el madero de Cristo. Hay que seguir levantando su bandera de amor para que suba más alta que el dedo acusador del romano.