La primavera comienza a asomarse tímida a las calles de nuestra ciudad. Las noches son frías aún, y los días cada vez más cálidos. Las calles empiezan a despertar del letargo del invierno y, en los corazones de los cofrades, de los nazarenos, comienzan a sentirse los latidos impacientes de lo que está por venir. El bullicio en las Cofradías es cada vez más notable. Un ir y venir de preparativos, retoques, limpiezas. Sacar brillo a la madera y al metal, planchar túnicas y vestir imágenes, encargos de última hora, ensayos finales….
Semana de Pasión.
La noche comienza a tejer su manto, el aroma del incienso recorre los rincones del centro de nuestra ciudad. Miles de nazarenos invaden las calles, enfundados en sus hábitos de penitentes. El rumor de los tambores a lo lejos, anuncia que una Cofradía está cerca, dos calles más allá, a la vuelta de la esquina quizás. La gente se agolpa en las serpenteantes y oscuras calles del casco antiguo.
Allí esperan para ver pasar a su Cristo o a su Virgen, acompañados por el estruendo de los tambores que rompe el silencio de la noche. El titilar de la tenue luz de las velas juega con las imágenes, desplegando un sinfín de sombras en las fachadas, poniendo más emoción en el ambiente, haciendo que las imágenes parezcan cambiar la expresión de sus rostros a cada paso.
En ese mar de transeúntes y de imágenes, se encuentran también las figuras de cientos de personas, que pasan desapercibidas al ojo del espectador, que nunca repara en ellas, sino en el color de sus vestiduras o en aquello que portan: son los nazarenos. Todo el mundo los ve, y a la vez son prácticamente invisibles. Bajo un abanico de hábitos de colores, enfundados en capirotes y terceroles, apenas nadie repara en que, bajo esos hábitos, hay cientos de personas, diferentes todas ellas, con sus alegrías y sus penas, con sus vidas cotidianas el resto del año. Bajo todas esas máscaras se juntan pobres y ricos, hombres, mujeres y niños. Personas muy diferentes en su forma de vivir y de ver la vida pero que, durante unos días, comparten motivación, sentimientos y fe. La máscara del capirote o del tercerol sirve de escudo e infunde valor al tímido, sosiega la actitud del orgulloso y unifica las almas. Los nazarenos no llaman la atención, lo hacen los atributos, los instrumentos, sus pies descalzos o no. Sin embargo, basta reparar en sus miradas. Esos ojos que se asoman por los orificios de la tela. El único rasgo llamativo y diferenciador más allá del color del hábito, de su porte o de su atributo o tambor.
Cicerón dijo que "la cara es el espejo del alma y los ojos sus intérpretes"; sin embargo, si no conocemos bien a una persona, no somos capaces, a veces, de acertar a ver esa alma, de interpretar su grandeza, porque lo que envuelve esos ojos, nos desvía de captar la esencia de cada uno en pos de un juicio superficial. Pero si todo eso se elimina, si quitamos esas interferencias, ya que todos los nazarenos, a primera vista, son iguales, lo único que queda son los ojos, sus miradas. Esas miradas en las que se pueden ver las emociones que los llevan a estar ahí, el sufrimiento, la alegría, las llamas de su fe, el cansancio y todo un mundo de sentimientos. Si nos fijamos bien, podremos descubrir todo eso y quizás poder llegar a entender qué lleva a toda esa gente a estar ahí en ese momento y en ese lugar a pesar de las diferencias que externamente los separan.
Por eso, este año, cuando veamos una procesión, o simplemente, cuando estemos junto a nuestros Hermanos, en nuestra propia estación de penitencia, en lugar de sentirnos turbados cuando un nazareno nos mire, pensando por qué lo hará, si lo conoceremos o si nos intentará decir algo, vamos a pararnos un segundo en observar más allá de lo que siempre vemos y pensemos que ese nazareno, con ese gesto, nos está haciendo un inmenso regalo, una visita fugaz al interior de su alma. Comprobaremos que existe otra Semana Santa, otra procesión, lejos de lo externo y que podemos ver nuestros sentimientos y motivaciones reflejados en aquellos nazarenos que nos rodean y sentirnos acompañados y más cercanos a ellos, aunque vistan otros hábitos diferentes a los nuestros. Seguro que alguno descubre algo que hasta ahora no había sentido simplemente por observar la mirada del nazareno.