Queridos Hermanos: Un rugido del viento hirió la cara del blasfemo. La noche se cerraba lentamente sobre el viejo sepulcro. Las alimañas reinaban con sus coronas de colmillos relucientes y ensangrentados, mientras las esferas del cielo gritaban cánticos oscuros y tristes. Un sonido inundó la espesura del bosque, un sonido de melancólicos cantos y tenues lamentos. Al otro lado de la puerta del sepulcro, junto al huerto, se apiñaban las serpientes, siempre alertas y siempre solas.
Encima de la losa fría y mortuoria, sobre el mármol helado, un sudario imperecedero se alzaba sobre el blanco lecho. Nada había de oculto que no apareciera en ese momento, y nada quedaba dormido sobre el terrenal aposento.
¿Cómo llegamos allí? ¿Cómo descubrimos el secreto perdido? ¿Y hallado? ¿Y envuelto? La luz llega a veces como un torrente de suaves iris y azul terciopelo, pero lo inunda todo con la fe de los sueños.
Fue un noche, un sacramento… Dándole la espalda al destino, una institución, solemne, entre doce amigos y un amigo muerto. Pero el muerto se elevaba del lecho, y blanqueaba todo, con la luz de su cuerpo.
Ahora recuerdo sus palabras, palabras sublimes que se hicieron sacramento: - Tomad y comed todos de él, - Tomad y bebed todos de él, - Tomad y veréis a Dios confundirse con la vida y con la muerte, despertando las voces de mil coros que alaban su nombre.
Ya no recuerdo nada más. Mi corazón cansado y triste se cierra a veces en terribles pensamientos. Pero busco la paz, y el corazón renace nuevo a la luz de unas palabras, de una comunión… Y de un secreto.