Podemos pensar que esta reflexión en la que se nos invita a ser partícipes es propia de la Cuaresma ya vivida semanas anteriores, pero, recordad, Jesús ha muerto en la cruz y resucitado en el sepulcro por la humanidad, el ser humano más humilde, más sencillo, más cristiano está entre nosotros. Queremos ser como Él, pero a veces no somos perfectos y caemos en el error, aún siendo conscientes de que estamos en el camino equivocado. Aparece la acción de confesarse, pero: ¿para qué?
¿A qué es una pregunta de moda? Seguro que en todas las parroquias se nos ha invitado en las celebraciones a la confesión. Por si sirve...
El pecado existe, y es mucho no sólo está mal sino que hace el mal.
Vivir rectamente, por amor y con amor, vale verdaderamente la pena...
Sentirse amado por otros de modo nuevo, es una gozada.
Sentir la paz dentro de mí, sentirme tocado en el corazón por un amor que cura, se necesita.
Sentir una paz impagable por pedir el perdón, por recibirlo con gratitud y darlo con generosidad, es tu deber.
Es el encuentro con el perdón divino, que nos ofrece en Jesús y que se nos trasmite mediante el ministerio de la Iglesia.
Tenemos inmensa necesidad de la cercanía y tierna Compasión de Dios,
¿por qué no la buscas?
El sacramento del perdón tiene una capacidad sanadora por la gracia divina,que transforma nuestro corazón y nuestros comportamientos, somos capaces de ser mejores.
En nombre de Cristo os suplicamos: ¡dejaos reconciliar por Dios! (2 Cor. 5,20)