Me dispongo, una vez más, a escribir sobre la donación de sangre. Un acto que se ha convertido en una fecha fija de nuestro calendario cofrade. Un acto, del que he escrito tantas veces, que ya no sé que más puedo decir. Os he dado razones de todo tipo, humanas, lógicas, morales,... he hablado del amor, de la fraternidad, de Cristo,...
Sé, que una vez más, tengo que dar un nuevo argumento para animaros a donar sangre para nuestros hermanos necesitados. Se me agolpan muchas razones, pero todas las he dicho ya a lo largo de los años. No hay ninguna nueva. Es muy sencillo: la sangre no se puede fabricar y la necesitamos para vivir. La necesitan nuestros hermanos enfermos, accidentados, que van a sufrir una intervención quirúrgica....
No busquemos excusas. No miremos a otro lado, ni pensemos que se nos va a ir la vida por una fina aguja, ni que nos vamos a morir por un pinchazo. Muchos hermanos, personas anónimas que nos podemos cruzar a lo largo del día por la calle, necesitan una aportación de sangre para seguir viviendo. Y la sangre, desgraciadamente, no se puede inventar, hace falta que alguien, como tu o como yo, la dé.
Dar sangre es dar vida para todos los que diariamente sufren un accidente de tráfico, de trabajo, una enfermedad, una operación....
Sé que me repito. No me importa, ¡llevo diez años repitiéndome! ¡Van muchos más años faltando sangre!
Desde que preparamos la primera jornada de donación de sangre, en un lejano Corpus, pienso que es el acto más apropiado en esta Cofradía. ¡Pensad! Somos la Cofradía de la Eucaristía, la que sigue a Cristo recordando sus palabras: "tomad y comed este es mi cuerpo. Tomad y bebed, esta es mi sangre". "El que coma de este pan vivirá para siempre." ¡Qué menos podemos hacer que seguir su ejemplo! Aunque sólo sea a escala humana, aunque únicamente demos una pequeña parte de sangre, que no nos afecta ni nos perjudica en nada; pero alguien podrá seguir viviendo, podrá seguir andando por la tierra para ayudar a otros, quizá a nosotros, aunque no se quede para siempre.
Sigamos, humildemente, humanamente, el ejemplo del Señor de la Santa Cena, con el cáliz de su sangre en la mano ofreciéndolo a todos. Ofrezcamos, este Corpus, una sencilla bolsa de sangre.
Cuando os acerquéis a la Parroquia y veáis el camión de Donantes de Sangre, pensad en el Jueves Santo, en la puerta de San Cayetano, cuando os tiembla la maza o los palos en el último redoble; cuando se os doblan las piernas, bajo el Paso, al cruzar la puerta; cuando se os nubla la vista bajo el capirote al cerrarse la última puerta. Bajad las escaleras, abrid la puerta y llenad una bolsa para ayudar a un hermano a seguir viviendo.