En la oscuridad del paso, junto a los faldones, se encuentran recogidos los latidos de numerosos retablos. Pasos distinguidos por el simple sonido de unas zapatillas desgastadas. El rumor, apenas audible, de unas palabras sencillas pronunciadas en el alboroto de una levantada. Son almas gemelas amparadas en el fuerte olor a incienso y en el descenso del alma, hasta sus últimos gemidos, hasta sus últimas espadas. Es terrible el dolor cuando el camino se hace pedrusco, y el pedrusco se hace "regacha". Pero tintinean las esquilas y el capataz se adorna en sus trazas, repartiendo alegría y alguna débil llama. Recuerdo los parajes de las barras de acero, y la rotura de tantas esperanzas. Aquellos días primeros en que los "doce" nos adentramos en lo más profundo de nuestras ansias. Llegar hasta el altar y depositar en su morada al Cristo, y que eso sólo, no bastara.
Curioso es el camino de Dios, curiosas también son sus miradas, te observa inquieto esperando que el sentido de la vida llene tu morada.
Pero vuelvo al olvido y al paso, a la oscuridad de sus maderos, y a ese olor característico que te inflama. Delante se abre el compañero, detrás el costalero muerde tu espalda y se aferra al madero como si del último estertor de su vida se tratara, vivificando a Cristo y a su propio madero y a su efímera alma. Miro al frente y solo intuyo el costal sudado y alguna fuerte arruga que martiriza el cuello inerte de la talla. Sé que en el camino aún sonríen las doncellas desterradas, y que encuentran su acomodo perdido, en la vista del paso, y del Cristo y en las velas encendidas y en su tenue llama. Pero el tiempo pasa y mis rodillas no soportan ya, ni un solo metro más donde escapar de las mesnadas, y busco la paz una vez más en las portadas, y en el escaso rumor que me llega del alba. Fuera, como siempre, hay gritos destemplados que nos inundan el alma de gozo y esperanza.Y poco a poco levantamos el paso, sin que se note, dejando un filo de navaja entre sus patas y el famoso pedrusco y la famosa regacha. ¿Lo hemos levantado? Se preguntan los hermanos sin mirar sus caras. Ya está arriba, ya ha terminado la espantada. Y bendecimos al Cristo y a su Madre le damos gracias.
Volvemos a la paz del río, aquel que siempre encuentro en mis palabras. Y recuerdo el sonido del viento, y la faz de mi padre y sus grandes tallas. Hoy está aquí, conmigo, puedo oír su voz quebrada. Para ti, papá, está levantada.
Pero llegado el momento es de acallar mi voz y que sean otros los que rieguen sus gargantas. Que otros se muevan por mis laberintos, y que otros respiren el intenso incienso y la muerte helada…